Colmillo Blanco

Bitácora de Minificciones

Wednesday, January 24, 2007

La madriguera

Mis perseguidores dormían la siesta en una fotografía y yo corrí hacia la gran mano de sangre que flotaba sobre la vieja casa, sus uñas de fuego señalaban la entrada.
El ojo de la cerradura murmuraba con un lenguaje simple y entonces comprendí que detrás hallaría la madriguera oculta donde vida y muerte se besan fraternalmente.
La puerta se abrió, así que penetré para abrazar a mi madre.

José Luis Vasconcelos

Tolán

Las cosas en Tolán no marchan bien. La sequía es letal. Miles de animales mueren en los campos resecos. No hay aire suficiente para apaciguar calores. Las noches son vigilias ardientes y ya no hay sueños húmedos. Los hombres queman sus mejores ideas para encontrar la solución. Las mujeres refrescan a sus hijos con oraciones. Nadie sale a las calles.

Los negocios sucumben. Ningún comercio tiene bebidas embotelladas. Alguien atrapó al sol y lo dejó caer sobre nosotros.
Los líderes tolanos piden ayuda externa porque ya no hay líquido vital. Los países del mundo niegan su apoyo, porque los conflictos en Medio Oriente reclaman su atención y las ONG del están atadas de manos.

La ciudad muere, su sombra también; las ubres vecinas cierran sus fronteras. Consideran que recibir a mis paisanos les haría acreedores a sanciones económicas por parte de los amos del mundo.

Los medios de comunicación nos muestran la agonía de ese país sumido en el plexo solar del Ecuador. El terror nos invade cuando los tolanos anuncian un suicido masivo. Uno a uno los vemos caer sobre las calles ardientes, se retuercen y en segundos mueren calcinados.

El mundo derrama lágrimas por las madres, los niños y los perros. El llanto es incontenible y forma caudales que van inundando los cauces de la tierra.
El mundo con los ojos secos mira, avergonzado, como del centro de esa nueva laguna salada emerge como culpa la cúpula de la catedral de Tolán.

José Luis Vasconcelos

Testigo presencial

Yo era muy joven cuando la señora Storni apareció por la playa. Las gaviotas escribían extraños signos sobre las nubes y los cangrejos reculaban a su paso.
Ahora que soy un hombre viejo y la discreción no tiene la menor importancia, quiero decir que las aguas se replegaron cuando ella penetró a sus dominios.
Muchos dicen que la mar arrebató su vida pero yo sé, y lo juro por Dios, que ella misma se ahogó en su propio penar.

José Luis Vasconcelos

La balbélida

En momentos aciagos ten cuidado, la balbélida acecha. Durante el día es placer de la bestia olfatear al incauto detrás de las palabras, por la noche entierra el aguijón y mientras huye, su corazón deja caer gorgojos. Es animal hermoso, pero grotesco. Tiene labios carnosos, mas su aliento de Gorgona diluye los deseos.

La existencia del monstruo es irrefutable. Pueden hallarse datos de su existencia en los últimos folios del Manual de Insidias y Mitos de la Hieroscopia, perteneciente a los descendientes de Cayo Protervo (agorero romano y pederasta crónico).

Según Protervo, por sus venas fluyen rencor, sarcasmo y mentira. Se sabe, dice, de la existencia de una cofradía que guarda ese líquido vital dentro de cubos de ónix y que, en la sicigia, los sectarios destapan esos recipientes para que su esencia emponzoñe los días.

Solas o acompañadas, ensucian las mañanas con ratas de desagüe, rasgan atardeceres y siembran tempestades. En ocasiones gustan de crear incendios sobre las llanuras del Indostán y provocan naufragios en las gélidas aguas del Mar Muerto. Ubicuas, arrojan sus recuerdos en charcos malolientes y practican tenaces su gorgor. Ahí tartajean, con ritmo de escorpión, sus jornadas de infamia. El roce de uno solo de sus cabellos puede desquebrajar la relación amorosa mejor edificada.

Ríen a solas y hurtan niños. Inventan amoríos con navegantes y calman la sarna que les carcome con amistades pasajeras. Duermen con los ojos abiertos y mueren cada vez que alguien sonríe.

José Luis Vasconcelos

Magna Obra

Cuando Frankenstein acabó su magna obra quedó complacido. Esa mezcla de rata de dos patas, murciélago, Judio Errante, hiena, garrapata, serpiente, cerdo, mono, conejo y ángel daría mucho de qué hablar en siglos venideros.
Aunque aún no decidía si llamarle hombre o monstruo.

José Luis Vasconcelos

La orden

Los que sigan mi voz, no morirán para siempre, dijo la voz. Los niños fueron los únicos que acataron la orden y uno a uno fueron cayendo a las fauces de la Bestia.

José Luis Vasconcelos

Don Diablo

Cuando la tarde cedía a la noche, Miguel cantaba en el escenario. La letra de su canción hacía referencia al demonio. Algunos coreaban al artista. En ese momento vimos como Bosé giraba y se transformaba en súcubo babeante que gemía de placer bajo las luces de colores.

No hubo aplausos, sólo aullidos, porque era noche de luna llena.

José Luis Vasconcelos

Monjas y novicios

El jardinero hizo el hallazgo. Después corrió con el obispo para contar lo ocurrido. El obispo fue con el cardenal Bertolucci y narró los hechos.

Bertolucci acudió al convento. Horrorizado vio los fetos momificados que yacían en las entrañas de los jardines conventuales.

—Esto es obra del Maligno, dijo. Tendremos que exorcizar este lugar antes de que el demonio cometa más diabluras.

La madre superiora asintió compungida y guiñó un ojo a las monjas, quienes sonrieron para sus adentros, suspirando por la próxima visita de los novicios benedictinos.

José Luis Vasconcelos

Cuento para dormir

Ayudar a una viejecita a cruzar la calle era algo que disfrutaba. Lo hacía constantemente. Aquella noche practicaba su buena acción, pero el auto fue más rápido, él apenas pudo salvar su vida, pero la anciana quedó muerta sobre el pavimento.

No podía quitarse esa imagen de la mente. Su corazón palpitaba con fuerza. Una extraña satisfacción germinaba dentro de él.

Desde entonces, el pequeño boy scout fingía ayudar a mujeres de edad a cruzar la calle y cuando nadie miraba, las empujaba para quie los automóviles las arrollaran.

Y colorín, colorado, esta historia ha terminado, dijo la madre al hijo. Ahora sí, es hora de dormir. Duerme y descansa, mi pequeño Jack y recuerda, ya no destripes más gatos en el vecindario...

José Luis Vasconcelos

El pesimista

Se acabaron las medias tintas. Acabo de beber del vaso medio vacío, repleto de veneno, para terminar de estar muerto...

José Luis Vasconcelos

Suicidio por carencias

"Ya no quiero vivir, ya no puedo escribir", fueron las últimas letras de Trident, el escritor. Muchos pensaron que faltaba tinta a su estilográfica, pero la verdad es que su cerebro carecía de serotonina.

José Luis Vasconcelos

Me quiere, no me quiere

Mientras rezaba: Me quiere, no me quiere..., Fausto se desojaba por su Margarita.

José Luis Vasconcelos

EL CIEGO Y EL RAPAZ

Durante algún tiempo el lazarillo de Tormes succionó con deleite el vino que brotaba del pequeño agujero que había practicado en el jarrón del ciego. Hasta que un buen día fue descubierto y sin que el tramposo lo notara, Jorge Luis, que así se llamaba el ciego, llenó el recipiente con bilis de Tlön para escarmentar al abusivo rapazuelo.

José Luis Vasconcelos

Rataplán

Tuvimos tiempo suficiente para cerrar nuestras orejas a la dulzura y suavidad de la dulce ordenanza. El mundo es testigo que nuestra voluntad jamás fue débil, porque el instinto, tan gris y elemental como las nubes, marcaba nuestro sino.
Primero uno de nosotros oteaba la comarca que atacaríamos. Si las condiciones eran propicias regresaba con el resto de nuestras huestes para informar a detalle. Así que en situaciones halagüeñas éramos capaces de arrasar y roer todo aquello que despidiera un tufillo de jugoso botín.

Una cosa es muy cierta: acatamos la melodiosa sentencia como las vacas soportan la ordeña del granjero.

Ahora que estoy a punto de arrojarme al vacío observo a mis congéneres. Chillan como mujeres pero, en el fondo, sé que caen sin temor hacia el mundo sin penas que nos prometen las notas del flautista de Hamelin.

José Luis Vasconcelos

MEMENTO MORI

Con las alas rotas, sordo, ciego y viejo, yacía el arcángel sobre su lecho de muerte. Alardiel consolaba al moribundo mientras oía sus últimas palabras:

—Hermano, susurró Hepatiel, ¿me espera el Paraíso?

—Eso sería un milagro, dijo Alardiel, pero todo es mentira. Recuerda que a Dios lo inventamos nosotros.
Justo en ese momento Lucifer despertó, maldijo ese tipo de sueños y, encolerizado, lanzó bolas de fuego sobre los condenados.

José Luis Vasconcelos

Agnes de Dios

Es usted un verdadero ángel, dijo el leproso. Fue entonces cuando Teresa de Calcuta recapacitó y recordó de dónde procedía. Dijo adiós a la gente, se deshizo de la piel arrugada, extendió sus enormes alas, ascendió a los cielos y se alejó balando rumbo a la casa paterna.

José Luis Vasconcelos

Cuauhtémoc

Y el maestro Miguel León-Portilla remató su ponencia con las siguientes palabras:
"De acuerdo a lo hasta ahora expuesto puede concluirse que el origen del nombre ‘Cuauhtémoc’, radica en la lluvia de arcángeles acaecida sobre Tenochtitlán, durante el nacimiento del último emperador azteca. Teoría que, sin duda alguna, sitúa la que remite a la ‘caída de un águila’ como fruto del imaginario popular"...

José Luis Vasconcelos

De añoranzas

Por su gesto triste era indudable que extrañaba a los suyos; pero los aplausos, las risas, el calor del respetable, las trapecistas y los reflectores, hacían menos pesada la estancia del Arcángel Levitael entre los hombres, mejor conocido en el ambiente circense como el Fénix del Trapecio.

José Luis Vasconcelos

Arcángel enamorado

Gabriel, ensimismado, repetía para sí mientras arrancaba una a una las plumas de sus alas: Sí me quiere María, no me quiere María...

José Luis Vasconcelos

Y retiemble en sus centros el cielo

La noticia cayó como bomba en el cielo, pues la corte celestial corroboró las acusaciones hechas en contra de un Arcángel.

Todos sabían de la reputación intachable de Miguel, por eso dolió tanto saber que comandaba una bien estructurada banda de pederastas, especializada en tráfico de querubines culones y rosaditos.

José Luis Vasconcelos

El cielo se va a pique

Los ángeles se fueron hace mucho tiempo. Se llevaron lo mejor de nosotros: recuerdos y esperanza.
Desde entonces cargamos con nuestra casa a cuestas. Ya ni volar es bueno, si el cielo se va a pique.
Algunas veces las mariposas vienen. Eso nos desgarra aún más, porque nuestro penar las obliga a emigrar a otros santuarios.

Ellos nos hicieron sentir mucho menos que nada. Reían de nuestras sombras y de vernos dormidos. Se sentían superiores. Hartos de cuidar al rebaño nos dejaron más solos que al próximo Mesías.

Por eso nadie duerme en este pueblo. Nadie quiere soñar con los angelitos.

José Luis Vasconcelos

gracias al fuerte Sr Sn Nikolazito Makiabelito

La dulce Elva Hezter Jordillo ocsekia este retavlo al Sr San Nikolazito Makiabelito en clara muestra de engrandezimiento i jratitud por el milagrito ke tubo avien mercarle, pues en los primeros mecez del inbierno del haño 2003, una terrivle tormenta hasotó sovre su cabeza i a saviendas que eso era ovra del malicno y de sus zeguidillos, entre los que se encuentrava un tal Madraso y otro méndigo ke ce apediyava Chuallfec, ordenó al santito Maquiavelito los vorrara de este mundo mercé a un zalibaso selestial o ke peresieran aojados entre sus horines, y como el zanto juerte Nicolasito cumplió su parte, pus eya cumple con la suya y tray al altar ezte retablo y tanvien promete no cometer mas aktos impuros con el perrito kafé ke le ocsekió la viata Martita Asejún. Rancho de Los Halacranes a 28 de diziemvre de 2004.

José Luis Vasconcelos

CARTA DE LA APÓSTOL NANA PANCHA A LOS CUCAMONGAS

Queridos Cucamongas:

Decidí abrir mi pecho para crear este rojo espacio para ustedes, con el único fin de hacer perdurar lo perdurable. Y ustedes pensarán; qué es lo perdurable.

Lo perdurable, amados Congo y Bongo, son los instantes que cuelgan de las hojas antes de que las calles inicien sus bostezos. Tanbién, creo que debo mencionar los rincones donde al asomarnos veremos la entrada hacia esa mina de luz que nos aguarda.

Tal vez no les interese mucho el tema en cuestión, entrañables Cucamongas, pero de vez en cuando dénse el lujo de reflexionar acerca de la validez de navegar por los arroyos verticales de las velas u olviden eso y caigan en el negrísimo abismo de la fecunda gruta idolatrada.

No es fácil, lo sé. Ya Píndaro decía que nada de lo que perdura es para siempre y así, mis estimados amigos, cómo puedo continuar por la vereda del buen decir cuando una mano fría cierra mis párpados.

No importa lo que pueda ocurrir. Un día no estaré más con ustedes y habrán de seguir su destino. Es por eso, amadísimos Cucamongas, que dejo esta herida abierta para que puedan zambullirse cuantas veces quieran.
Este es su espacio, nútranse de mi sangre y recuerden que no hay peor desatino que el destino.

Atentamente
Nana Pancha.

José Luis Vasconcelos

Más lejos que cerca

Estábamos en el equinoccio de otoño cuando nos metieron aquí. Ya casi no recordamos los amaneceres, ni la deliciosa sensación de un día soleado. Tocar nuestros cuerpos es algo que nos hace sentir mal. Es más, evitamos estar cerca. Ella está al fondo, siento su respiración, hasta acá se oyen sus pensamientos. A veces llora igual que un gato sobre la barda. No puedo recordarla, por más que lo intento. Debemos estar flacos y grises, llenos de hongos como cabellos en el desagüe.

Seguramente cuando los gigantes nos saquen de esta maldita caja dirán a sus vecinos que somos los náufragos que salieron del grifo.

José Luis Vasconcelos

Vulva raquídea

El enorme ojo bizco era un seno azulado que pendía frente a mí, encadenado al cielo. Me guiñó dulcemente como una madre a su hijo.

No supe qué decir, me alejé lentamente.

Me fui dando de brincos entre tu pubis vello, acaricié amigable una verruga enana, sonreí consecuente al agotado clítoris y me perdí silbando más allá de tu vulva.


José Luis Vasconcelos

Orgullo paterno

Como buen padre su mirada estaba llena de orgullo, por eso Gabriel flotaba entre nubes cada vez que los ángeles hablaban de los milagros que el hijo de María realizaba en la Tierra.

José Luis Vasconcelos

La mujer del muelle

Tenía un par de bellas piernas: blancas y bien torneadas. No había necesidad de cubrirlas con medias de seda. Con la cuchara entre los labios siguió a la hermosa mujer hasta que desapareció entre la gente.

No espero más. Dejó un billete sobre la mesa y salió corriendo tras la chica. Le dio alcance calles abajo. Cuando estaba a punto de hablarle ella saludó a un fortachón, se besaron y tomados de la mano fueron hacia los muelles.

Él los miró hasta que desaparecieron. Imaginó que él iba con ella y que hablaban de amarse para siempre.

Caminó hacia el muelle, quería verla por última vez. Entonces escuchó una voz que dijo: "Es hora de que vuelvas. Nunca olvides quién eres"...

Aspiró resignadamente, extendió los razos y ascendió lentamente a los cielos. Una paloma se posó sobre su hombro; ambos se convirtieron en una lluvia leve que se mezcló con el llanto de una mujer que lloraba meintras lanzaba hacia el mar a un sujeto fornido que clamaba clemencia.

José Luis Vasconcelos

La anciana de la iglesia

La anciana de cabello escaso y boca desdentada aguarda fuera de la iglesia. Es tan frágil que temo que los aleteos de las aves puedan tirarla de esa fea sillita.

La vieja tiende la mano, espera monedas que distraigan sus recuerdos. Todo pasa tan rápido: el cabello de las chicas, vaivén de globos, cambio de luces del semáforo. Y ella está ahí, con la mano extendida en esta ciudad de piedra, en una plaza verde donde es mejor lanzar migajas a palomas que ayudar pordioseros.

Ve que me acerco, mete la mano dentro de sus raídas medias de seda, a la altura del tobillo sucio, como si fuera a extraer un cuchillo. Pero no, no podría atacarme con nada. Saca una cuchara de peltre, una vieja cuchara, y la pone frente a mí -ambas tuvieron algún día bueno, ahora me reciben con esa mueca desportillada y evitando que me acerque más-, como talismán contra el maligno.
Me detengo. Doy un paso atrás. Nadie me ha visto. Finjo mirar el semáforo de ojo verde, no sé a dónde ir. Avanzo hacia no sé dónde, dejo caer la moneda en la triste bolsa de mi gabardina.

José Luis Vasconcelos

El hombre gris

Un par de medias de seda y una cuchara fue lo que hallamos en la playa junto al hombre gris.

Fuímos a la casa de los ancianos y ahí procedimos a limpiarle de algas y pelambre.
Cuando despertó, dijo que para triunfar sobre huracanes y naufragios en los mares del tiempo era necesario sacrificar a las doncellas de la isla.

Una mañana fue directo a la playa. Ahí nos mostró el par de medias de seda, luego la cuchara. Lanzó los objetos al aire y una lluvia de panes cayó sobre nosotros.

Cuando saciamos nuestro apetito el hombre gris se despidió. No estaba su cuerpo pero escuchamos su voz: “Sacrifiquen a las doncellas y serán libres”.

Nos reunimos frente a la casa tutelar. Llegamos a la conclusión que las palabras del hombre gris eran falsas. Algo en la mirada de los niños nos indicó que tendríamos que aguardar muchos años hasta que otro mensajero llegara, no sólo con panes o con historia de sacrificios de vírgenes, sino con esa nota exacta que estallara en pedazos el cielo de cristal que nos contenía.

José Luis Vasconcelos

Luna ordeñadora

Selene estaba tan sola que el Arcángel Vacardiel compadecido de ella, le dijo: ¡Ordeñame!

Ella, roja de pena, acató aquel mandato.

Así dicen los viejos que se creó la Vía Láctea.

José Luis Vasconcelos

Cazadores de La Marquesa

Tendría doce años cuando salí con mis primos de excursión a La Marquesa. Corrimos la mayor parte del día, montamos a caballo y nos convertimos en pilotos expertos de gokarts. Poco antes de volver a Toluca nos internamos al bosquecillo. Iríamos de caza. Saqué mi resortera, recogí una piedra, apunté hacia arriba y disparé. Corrimos para ver nuestro trofeo, pero sólo vimos una chica vestida de blanco, con las alas rotas y una fea herida en el pecho.

—Chin, mataste a tu ángel de la guarda, dijo mi primo, y era mujer, se me hace que ya no te vas a ir al cielo.

—Ni madres, respondí, para mí que esta es una de las muertas de Juárez. Mira, te demuestro que sí tengo buen tino, el pajarito que cacé está ahí, junto a ese extraterrestre.

José Luis Vasconcelos

Apresurando el Juicio Final

Un día amanecimos con alas porque Dios quiso adelantar el Día del Juicio.

Los mancos volamos hacia Él y ahora comemos de su mano.

La mayoría se confundió de cielo y murieron ahogados.
El resto cayeron fulminados por los certeros proyectiles que el Angel Francotirador disparó desde su nube negra.

José Luis Vasconcelos

Circo celeste

El trono hacía las delicias de los niños galopando sobre la mujer tortuga. Las potestades sacaban magos de la chistera. Los serafines, torpes y bonachones, freían enanos.

Los ángeles domaban pecadoras. Los árcángeles levantaban senos inmensos con una sola mano, encaramados sobre una pirámide de dominaciones. Los Arcángeles vendían tres indulgencias por un dedo.

Pero la estrella del circo era Dios: noche a noche metía su cabeza dentro de las fauces pútridas de las once mil vírgenes.

José Luis Vasconcelos

La señorita Macutta

La señorita Luca Macutta era lunarmente pálida, de ojeras como chicozapotes y solapas llenas de caspa. Recorría nuestras calles con un arcángel vivo atado a una correa.

Desplumaba a su mascota tan serenamente, con tal candor y destreza, que el corazón se encogía de gozo al verla.

El barrio ya no es el mismo desde que unos tronos se la llevaron acusada de plagio y abuso angelofóbico.

La señorita Luca Macutta jamás hizo daño a nadie. Era experta en despiojar querubines, coleccionaba infartos y vendía almohadas de plumas crepusculares para dar de comer a fakires.

El niño ciego cruza la avenida, lleva a su lazarillo atado a la muñeca. Con los ojos como chicozapotes y más piojos que plumas, el arcángel casposo conduce al pequeño con tal destreza y candor que cualquiera diría que la señorita Macutta regresó a las andadas...


José Luis Vasconcelos

La modista

Nadie más podía ser la culpable de aquellos crímenes: era la única modista del pueblo y todos los hombres estaban cortados por la misma tijera.

José Luis Vasconcelos

Petición al Sr Sn Fornicio de Falopio

Hayávaze el lor Grellstoc sobre la zulla amada, cuando le zucedió la triste ocurriencia de que ollera un jemido de sus antiguas kerensias. Yein, entristecida i sin el tiempo que perder le pidió al Sr Sn Fornicio de Falopio que le arrancará todos los recuerdos zelbáticos al antiguo ombre mono para que pudieran ser felises y tener chamakitos sibilisadoz i entendidos de la fe cristiana; prometiéndole el este retablo zi asi ocurría y así aconteció, pues una ora antes de su partida pareció que el antes Tarzan arroxó en gómito a la vestia que llebava dentro i que ésta saliera en estampida y, tan pronto pasó lo que pasó, ay se metieron al primer otel que se les cruzó en el camino para ofrecer un cristianito mas al Dios Ntro Sr.

José Luis Vasconcelos

El apagón

Después del apagón la calle se puso como boca de lobo. Llegué a la esquina, fui hacia donde suponía que estaba el poste. No sentí la rugosa madera, en su lugar palpé una piel suave. Olía a mandarinas. Me aproximé y besé donde creí que estaba una hermosa cabeza. Esa lengua fibrosa penetró en mi boca y una mano grande apretó mis güevos.
De pronto el servicio eléctrico se reanudó. La calle se iluminó y frente a mis ojos estaba mi madre totalmente desnuda.
Pensé que la habíamos enterrado hacía unos meses.

Entonces, ¿quién lanzaba esos gritos dentro de su ataúd?

José Luis Vasconcelos

Imaginalamigo y repezfum

Toda la noche, toda, mientras tu cuerpo palpita junto al mío redibujo en recuerdos a mi viejo imaginalamigo y repezfum.
Como todos los críos, los de antaño y hogaño, tuve un cómplice fiel y nos veíamos diario; nunca podré olvidar al gran pezfum, mi amigo imaginario.

Era nativo de las catacumbas, o al menos eso dijo. Sus ojos eran diez y de su risa aún conservo este par de diamantes y mi fresca hortaliza.

Mi padrino Sextercius quiso que me olvidara de él. Me compró un farinós, luego un cerdo petiso y un par de cucarachas bizcas que secuestró del piso.

Pero nada logró que nuestra fiel unión resquebrajara, ni al menos un adobe al cuadrado. Jugamos siempre juntos. Reñíamos por momentos, pero siempre volvíamos a correr por las prados de fuego que surgían de su trompa.

Toda la noche, toda, mientras tu cuerpo palpita junto al mío recuerdo al gran imaginalamigo y repezfum que fuiste y agradezco al Altísimo que te volviera esta hermosa mujer en que te convertiste.

José Luis Vasconcelos

SENTENCIA

Dicen que su última voluntad fue que se le concediera ser devorado por la bestia que llevaba dentro, pero esa petición no le fue otorgada...
Fue hallado en su celda, un día antes de ingresar a la cámara de gases, grotescamente apisonado bajo el peso de su culpa.

José Luis Vasconcelos

Thursday, March 09, 2006

Letras asesinas


Sus padres decían que los libros mataban. Eso lo asumió como verdad durante la mayor parte de su vida. Un día escuchó que el saber iluminaba y que la ignorancia era oscuridad.
Decidió aprender a leer. Una sed de conocimiento le abrasaba.
Un día le hallaron muerto, totalmente destrozado por una jauría de libros.